El amor de Dios es algo complejo, no es el mismo amor que nosotros sentimos cuando amamos a alguien y esa persona también nos ama. Dios tuvo tanto amor por nosotros que envió a su hijo unigénito a morir en la cruz para salvarnos del pecado que en ese entonces abundaba a una escala mucho mayor de lo que hoy vemos. El tamaño de su amor no podía ser medido y esta claro que era un amor incondicional sin esperar nada a cambio porque desde que antes que nosotros amemos a Dios Él ya nos amaba.

El amor que conocemos siempre espera algo a cambio – si damos amor esperamos recibir lo mismo de la otra persona. En cambio, el amor de Dios se encuentra en otra dimensión recordar que su propio hijo dijo: Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; Mateo 5:39 con lo que podemos deducir que debemos amar a nuestros enemigos aun si ellos no nos amen a nosotros – demostrando misericordia heredada de la voluntad de Dios.

Hay un versículo dentro de los pasajes de la Biblia que nos hace reflexionar sobre el amor de Dios: Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano.” 1 Juan 4:20-21. De este versículo podemos aprender que para estar preparados para amar a Dios también deberíamos de amar por igual a nuestros semejantes de lo contrario estaríamos amando falsamente.

Siendo humanos es totalmente natural que queramos que las personas cambien para recién amarlos, pero esto no debería ser así deberíamos de amar sin buscar nuestra felicidad por encima de todo – no esperemos que ellos cambien para ser felices debemos de quitarnos de la cabeza el interés propio para soportar todo, cuando hayas comprendido estas cosas podrás amar al igual que el amor de dios donde no existen diferencias de los unos de los otros.